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Daniel Chamotivz, director del Centro Manna para la Biociencia de la Plantas en la Universidad de Tel Aviv y Stefano Mancuso, pionero en el estudio de la neurobiología de las plantas, plantean que tienen conciencia, son inteligentes y evolucionadas socialmente.

Muchos teníamos bastante claro que los animales sí tienen sentimientos, conciencia e incluso personalidad, no obstante este conocimiento intuitivo no era aceptado por todos hasta la Declaración de Cambridge, en donde la comunidad neurocientífica plantea que todos los  mamíferos, aves y otras criaturas, incluyendo pulpos, tienen conciencia.

Existían también estudios que decían lo mismo de las plantas, lo cual por mucho tiempo, hasta ahora, fue descartado por la ciencia.

Resulta que Daniel Chamotivz, director del Centro Manna para la Biociencia de la Plantas en la Universidad de Tel Aviv, escribió el libro  “Lo que una planta sabe”, en donde revela que las plantas tienen sentidos, son capaces de sentir sonidos gracias a las vibraciones y tacto, siendo sensibles al frío y al calor moderando al agua y conscientes de su ritmo de crecimiento.

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Por si fuera poco diferencian el color rojo del azul gracias a sus fotorreceptores.  “Responden a sustancias químicas en el aire, a señales de luz. Sí podemos decir que ven, huelen y responden al tacto, siempre que recordemos que al usar esos términos no estamos diciendo que experimentan el mundo de la misma forma que una persona”, explica el académico.

Lo más inquietante es cuando plantea: “Cuando miramos a una planta debemos verla como una vieja prima lejana. Hace dos mil millones de años las plantas y los humanos evolucionaron de las mismas células. Unas tomaron un camino y otras otro, pero la biología básica es la misma”.

Stefano Mancuso, del Laboratorio Internacional de Neurobiología de las Plantas en la Universidad de Florencia, Italia va más allá y explica la comunicación entre las plantas capaces de avisar al resto sobre peligros que puedan asechar por medio de vibraciones y olores.  Además trasfieren savia a plantas más pequeñas: “Los cuidados parentales sólo se dan en animales muy evolucionados y es increíble que se den en las plantas”.

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Biofotónes en una hoja de una planta

Las plantas tienen inteligencia vegetal, generan un ecosistema vivo, juegan, se relacionan socialmente y son parecidas en resumidas cuentas a los humanos: “En cada punta de las raíces existen células similares a nuestras neuronas y su función es la misma: comunicar señales mediante impulsos eléctricos, igual que nuestro cerebro. En una planta puede haber millones de puntas de raíces, cada una con su pequeña comunidad de células; y trabajan en red como internet”.

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Cuando Mancuso vuela con su teoría nos sorprende. Nos dice que las plantas manipulan el entorno. Que adquieren formas singulares para hacer creer a los insectos que están en presencia de una hembra y no solo eso sino que controlan también al ser humano. El té, el café, la marihuana, ayahuasca, peyote, san pedro, ipomea, salvia divinorum, hongos y un largo etcétera, son capaces de dominar e influir en nuestros estados mentales.

Además, si llegaran a extinguirse se terminaría toda la vida en la tierra. Se acabaría el alimento y lo que es peor, el oxígeno.

A pesar de estas recientes investigaciones y nuevos descubrimientos, para muchos la pregunta importante aquí es: ¿Tienen las plantas inteligencia y pueden sentir como nosotros? Tal vez por tratarse de un estilo de vida tan radicalmente contrario al nuestro, es posible que el conocimiento y la comprensión científica que hemos alcanzado sobre las plantas sean inferiores a los que tenemos de otros parientes vivos más cercanos. Y es posible que esto esté cambiando.

Al otro lado del mundo, el influyente semanario The New Yorker publicó un extenso reportaje del escritor y periodista Michael Pollan titulado The intelligent plant (“La planta inteligente”). En el artículo, Pollan recordaba la oleada de mitología nuevaerista sobre la sensibilidad vegetal surgida a raíz de un libro publicado en 1973 y titulado La vida secreta de las plantas, en el que, entre otros, se narraban los experimentos realizados por un experto en polígrafo de la CIA llamado Cleve Backster, que afirmaba haber detectado reacciones en las plantas no solo en respuesta al daño directo, sino también a la intención de un humano de hacer daño. Según Backster, una planta había sido capaz incluso de reconocer al asesino de una compañera en una rueda de sospechosos.

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En su artículo, Pollan recordaba que las arriesgadas hipótesis defendidas en La vida secreta de las plantas no solo no han encontrado respaldo científico, sino que han sido ampliamente ridiculizadas. Pero seguidamente, el autor aportaba extensa documentación y declaraciones de científicos que atribuyen a las plantas insospechadas capacidades de “cognición, comunicación, procesamiento de información, computación, aprendizaje y memoria”, y que algunos expertos, con la firme oposición de otros, han encajado en la controvertida denominación de neurobiología vegetal.

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Las plantas, repasaba Pollan, poseen entre quince y veinte sentidos corporales, incluyendo análogos de nuestros cinco, y reaccionan en consecuencia: huelen y prueban estímulos químicos en el aire o en sus cuerpos; ven la sombra, la luz y sus distintas longitudes de onda; tocan objetos a los que se agarran; y, además, oyen: en un sorprendente experimento, la investigadora de ecología química de la Universidad de Misuri (EE. UU.) Heidi Appel mostró que una planta fabricaba sustancias de defensa cuando en su presencia se reproducía la grabación del sonido de una oruga devorando una hoja. Pollan enumeraba ejemplos documentados de cómo las plantas se comunican entre ellas mediante señales químicas, cooperan con miembros de su especie, reconocen a su parentela, nutren a su descendencia, e incluso intercambian información con otros seres vivos, como ciertas especies que responden al ataque de las orugas emitiendo un compuesto que atrae a las avispas parasitarias, las cuales depositan sus huevos en el cuerpo de los atacantes.

De la lectura de toda la información recopilada por Pollan, no puede negarse que estamos asistiendo a una progresiva revelación de capacidades en las plantas que no creíamos posibles. De hecho, subrayaba el autor, ahora el debate se centra más en la terminología a emplear que en cuestionar las pruebas desveladas. Lo que para unos es aprendizaje y memoria, para otros es habituación y desensibilización. Lo que para unos es intención o voluntad, para otros es simple tropismo. Lo que para unos es toma de decisiones, para otros es respuesta adaptativa. Lo que para unos es percepción de dolor, para otros es ruido fisiológico. Lo que para unos es inteligencia vegetal, para otros es solo la respuesta a una programación evolutiva. Pero según señalaba Pollan, incluso los científicos más reticentes a animalizar las nuevas capacidades descubiertas en las plantas se muestran dispuestos a aceptar la etiqueta de “comportamiento inteligente”, asimilándolo a la conducta colonial en los animales.

Para finalizar, compartimos contigo un video relacionado al tema donde seguro te hará reflexionar un poco:

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