El poder de las emociones

Emociones, sentimientos, sensaciones… Alas que nos salen en el alma y nos ayudan a lograr lo que deseamos, incluso a hacer sueños realidad y fabricar milagros donde sólo parecía que fuese a haber desolación. Piedras y losas que nos atan al pasado haciendo de nosotros un esclavo del trauma o del ‘salir a perder’.

Emociones, ellas marcan el paso. Ellas son las que inclinan la brújula interior en nosotros.

Pero, ¿cómo pueden ser tan poderosas? ¿Qué es lo que les proporciona semejante energía a prueba de dioses? ¿Acaso es una ‘criptonita’ como tenía Superman?
Casi, casi.

En verdad, son las creencias (‘believes’, en Inglés). Las creencias son las activadoras de las emociones. En verdad son una suerte de siamesas inseparables: detrás de cada emoción, en su ‘core’ (centro), hay creencias, una o varias.

Tenemos creencias acerca de nosotros en todos y cada uno de nuestros niveles: espiritual, identidad, creencias y valores, capacidades, conductas y entorno (Niveles Neurológicos del ser © Robert Dilts, NLPU).

Creamos creencias para envolver nuestros dones, talentos, recursos, capacidades, nuestras vivencias y experiencias.

Elaboramos creencias para explicar nuestras emociones y encontrarle un sentido a nuestra vida.

El miedo que, por ejemplo, puede surgir ante un evento determinado lo hace porque se activan ciertas creencias, las cuales de no existir no aparecería el miedo: es como un traje sin cuerpo al que vestir, sólo cobra cuerpo cuando hay uno dentro.

Muchas personas quieren ‘controlar’ sus emociones. Se refieren a ellas como si estas fuesen ajenas a él o ella. Nada más cercano al error. Nuestras emociones son nuestras, parte de nosotros como lo es una célula, un cabello o las uñas.

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Si te duele un brazo, ¿quieres controlarlo o curarlo?

Las emociones para ser curadas han de ser comprendidas. Por consiguiente, no se trata de ‘controlar’ sino de aprender a fluir con ellas a través de empatizar con ellas. Porque empatizar con tus emociones supone empatizar contigo, o sea, ponerte en tu propio lugar.
Las emociones desbordan porque nos obligan a ponernos en contacto con las profundidades del inconsciente, o como poco a mirar detrás de la puerta.

A las emociones fuertes, se las teme. Quizá por ello mucha gente opta por negarlas y acaba por explotar (a veces, literalmente), cual olla exprés o tubo de pasta de diente cuando se aprieta sin haber desenroscado el tapón. Hay personas que tienen explosiones de ira: son emociones contenidas, negadas.

Hay quien acaba con arritmias: dolores emocionales, situaciones que ahogan al corazón emocional, tragar con sentimientos que no nos atrevemos a expresar, aguantar que nos ninguneen (traten mal)…

Hay quien las emociones le marean pues, en su vida, no resuelve sino que da vueltas y vueltas como si fuese un tiovivo (carrusel) sin resolver un tema.

Obviamente, cuando las emociones son placenteras, la persona le abre la puerta para que entre a raudales. Si bien, a la alegría también hay quien le cierra la puerta pues ésta es más poderosa que el miedo y nos condiciona a revisar la calidad e intensidad de amor que albergamos en nuestras alforjas vitales.

He conocido a personas a quienes la alegría genuina de otra persona les molestaba pues les ponía frente a frente con la ausencia de ésta en ellos y, al mismo tiempo, con la presencia de lo opuesto a aquella (negatividad, desánimo, envidia…-en cada uno ese ‘opuesto adquiere un rostro-). Se de alguien, cuya risa genuina, ha provocado muchas erupciones –erisipelas emocionales, podría decirse-, haciendo que el sufridor o sufridora de esa urticaria, optase por la malediciencia, esto es, se dedicase a criticar, difamar, o algo peor, a esa persona a la cual envidia. Es como si pensase: ‘si no puedo tener esa alegría, esa risa… que el otro tampoco la tenga’.

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¿Por qué la alegría puede tener mala prensa en algunas personas? Cuestión de creencias y anclajes.

Las personas buscamos situaciones y personas que empaticen con nuestras emociones. Y, dado que, por debajo de ellas están las creencias, nos guiaremos por actitudes similares para agruparnos y hacer frente a las situaciones vitales o a otros humanos a los que consideramos –puede que temporalmente-, diferentes por exhibir distintas emociones de preferencia.

Las emociones tienen la palabra.

Empero, uno puede asumir la responsabilidad sobre las mismas e indagar qué creencias le dan vida y la sostienen. Trabajando las creencias podremos fluir con las emociones al entender su verdadera naturaleza, o lo que es lo mismo: su intención positiva.
Conclusión: dependiendo del color de tus emociones así serán las creencias que les dan forma.

No hay emociones malas y buenas, sino emociones mal o nada comprendidas. No malquieras ni maltrates a tus emociones, al fin y al cabo, ellas forman parte de tu ser pues son creaciones tuyas.

Por: Rosetta Forner

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